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   —Eso es todo.

   —¿Por qué no intentarlo?
   —Ya lo hemos intentado.
   —Puede ser diferente.
   —También pudo ser diferente aquella vez.
   Sus ojos estaban brillosos, ella no quería que estuvieran así, deseaba superar todo y aceptar la despedida que removía recuerdos.
   —¿Cuándo nos pasó esto?
   —Pensamos sólo en nosotros mismos.
   —¿Y si estás equivocado?
   —Quizá, pero no quiero continuar.
    Ella entendía, asumía que la relación no iba bien. Lo quería, después de todo compartieron mucho. 
   La situación, lo llevó a prestar atención a una mujer que conocía hacía un tiempo.
    Terminaron el café, pagó y se fueron.
   El sol brillaba, parados en la puerta del bar, la gente pasaba sin notarlos. Acarició el pelo lacio para ver los ojos que una vez le dieron mucho, y elegir quedarse con lo mejor.
    —Adiós —dijo él.
  Era una mañana cálida de verano; los empleados, jefes, directivos, caminaban por la avenida de la ciudad, sumergidos en el ritmo incesante de la vida. Los rayos del sol caían sobre los edificios, las sombras se extendían.
   Se sentía como pocas veces. Creyó haber hecho lo correcto. Tuvo que decidir, aunque costara desapegarse, sentirse un poco culpable, supuso que cuando llegara a su casa se tiraría en la cama, lloraría por estar separados.
    Descubrió que nunca estuvo enamorado. Pensó en cómo podían cambiar las cosas y vivir sintiendo lo mejor...
    

Una de las historias que cruza el umbral entre lo real y lo imposible.

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